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sábado, 2 de mayo de 2026

El Hinduismo narra el Multiverso Cuántico y la existencia de un vasto océano cósmico de cuatrillones de sistemas planetarios


La cosmovisión hindú describe un cosmos infinito compuesto de una arquitectura viva, estratificada y vibrante de realidades superpuestas en donde la materia es apenas la corteza de un sistema infinitamente más sutil. 

En la visión revelada de los Vedas y los Puranas, como el Śrīmad-Bhāgavatam, el Vishnu Purana o el Caitanya Caritamrta, el cosmos se organiza en múltiples planos de existencia llamados lokas, que son mundos en donde cada uno posee su propia densidad, tiempo, leyes y habitantes, así comosu disposición en los respectivos universos que los alberga, los brahmāṇḍas.

De este modo el hinduismo no se limita a sostener la idea de que únicamente existe nuestro universo, ni tampoco a transmitir la afirmación de que este mundo fue creado de forma instantánea o casi mágica en un número arbitrario de días; más bien, propone explicaciones profundamente complejas y detalladas sobre su origen y evolución, abordando escalas de tiempo colosales en las que interactúan las más diversas leyes y fuerzas. 

Así, adelantándose por miles de años a la física cuántica y a la teoría de las cuerdas, e incluso al propio y bien conocido Big Bang, el hinduismo nos enseña que el universo nació producto de una gran explosión cósmica, la cual no solamente dio origen a nuestro universo, sino que también a incontables universos que se extienden a lo largo y ancho de un vasto océano cósmico que se compone por billones y billones de sistemas planetarios. 

Metafóricamente se afirma que todos estos universos se comportan como burbujas que flotan y se expanden en un espacio infinito, estando una al lado de otra, sin límites ni fronteras visibles como si fuese una danza eterna de expansión y coexistencia. De hecho, uno de los motivos artísticos más recurrentes dentro del hinduismo es la representación del Dios Vishnu (la Deidad rectora y encargada de preservar y mantener los universos) descansando en el océano cósmico de la creación material mientras a su alrededor se despliegan cientos e incluso miles de burbujas, ilustrando así la inmensidad y multiplicidad de los planetas y universos que coexisten con el nuestro, lo que nos recuerda exactamente al "Multiverso Cuántico" postulado por varias ramas de la ciencia moderna.



Por si fuera poco, los textos sagrados nos enseñan que estos universos poseen una duración predeterminada, pues, conforme a las propias leyes de la naturaleza material, eventualmente colapsarán y serán destruidos. Y tras este proceso se establecerán las condiciones necesarias para que tenga lugar otra gran explosión, dando lugar al nacimiento de nuevos universos. De acuerdo a los textos sagrados se estima que cada universo material tiene una duración de 311.040.000.000.000.000 (trescientos once mil cuarenta billones) de años, lo que se conoce como “Mahā Kalpa” (Gran Ciclo), que comprende 100 años de la vida del Señor Brahmā (el Dios encargado de la configuración material). 

Esta cifra resulta exorbitante para nosotros, pero en el tiempo de los Dioses, quienes moran en un plano totalmente diferente, con otras leyes y fuerzas, es un lapso de tiempo cortísimo. Para ponerlo en perspectiva: un solo día en el plano o mundo de Brahmā equivale a 4.320.000.000 (cuatro mil trescientos veinte millones) de años terrestres. Por lo tanto, el Mahā Kalpa, que para nosotros se traduce en trescientos once mil cuarenta billones de años, para Brahmā son apenas 100. Y para Krishna, quien mora en un plano todavía superior; 100 años de Brahmā duran menos de un segundo, reflejando su magnitud y majestuosidad. 

Lo notable de todas estas enseñanzas radica en su sorprendente correspondencia con teorías modernas. Renombrados científicos en campos tales como la astrofísica y la mecánica cuántica, entre ellos Stephen Hawking, han planteado que el Big Bang no dio origen únicamente a nuestro universo, sino que también a una cantidad potencialmente infinita de universos, y que incluso el propio Big Bang fue uno entre muchas explosiones que acontecieron de forma simultánea. Y es más; los científicos también postulan que todos estos universos, incluyendo el nuestro, colapsarán y se destruirán (Big Crunch), para luego volver a nacer, lo que en conjunto denominan Big Bounce, que es un ciclo eterno en donde los universos nacen, mueren, y luego vuelven a nacer, tal como afirma el hinduismo con el Mahā Kalpa. 

De esta manera, lo que para la ciencia moderna es una hipótesis basada en observaciones y cálculos matemáticos, para el hinduismo constituye un conocimiento ancestral revelado directamente desde fuentes divinas.

Y por las mismas razones es que específicamente encontramos una gran estatua del Dios Shiva (el Dios encargado de disolver la existencia material) en el CERN (La Organización Europea para la Investigación Nuclear), que es el laboratorio de física más grande del mundo y el lugar en donde reposa el colisionador de hadrones (LHC). La estatua en sí representa al Señor Shiva en su manifestación como "Naṭarāja" o “Rey de la Danza” , que lo muestra bailando en un estado extático y furioso mientras se halla rodeado por aros de fuego. De acuerdo a los textos sagrados, la Danza de Shiva simboliza el flujo perpetuo de energía que recorre el universo: un pulso rítmico que sostiene todo el orden material. Cuando la danza cesa, todo retorna al caos primigenio; y cuando se reanuda, el universo completo renace, recordando así que la existencia no es sino el compás sagrado de la energía divina en perpetuo movimiento. 

Así, colmado en ímpetu, fuego y pulsaciones cósmicas y subatómicas en donde cada gesto refleja el latido mismo del universo en su perpetuo ciclo de creación y disolución, Shiva danza eternamente. Y esto refleja lo que los científicos del CERN han corroborado y comprendido: el universo funciona según ritmos y ciclos, tal como una danza en donde la energía se despliega, se transforma y se renueva constantemente con partículas que surgen y desaparecen en un ritmo continuo, semejante a una danza furiosa sin principio ni fin. 

La mecánica cuántica, la física de partículas y el estudio de la materia y la energía, son campos que precisamente aborda la cosmología de Shiva en su manifestación como Naṭarāja, convergiendo así con leyes y descubrimientos de la ciencia moderna.



Así, el hinduismo enseña y predica la existencia de multiversos extendidos a lo largo y ancho de un vasto océano cósmico de billones y cuatrillones de sistemas planetarios, detallando cómo se originan, cómo se estructuran internamente y cuál es su relación con la fuente última de la que todo procede.



Los textos sagrados del hinduismo, mencionan que hay universos ilimitados que coexisten simultáneamente con el nuestro. También afirman que el universo es multidimensional, según la física védica; el espacio dentro de cada universo alberga cerca de 64 dimensiones principales, y cada dimensión se divide en muchas subdimensiones. Esto quiere decir que existe vida en cada rincón del cosmos y del multiverso, incluyendo vida en planos que no pueden verse a simple vista, pero que coexisten con el nuestro.

La línea de tiempo y la cosmología referente al funcionamiento del universo, según el hinduismo, es por lejos la más compleja y sofisticada de todas las religiones del planeta, y en consiguiente; la más cercana a los postulados y teorías modernas de la ciencia. 

Por ejemplo, el hinduismo postuló, como dije en párrafos anteriores, la teoría del Big Bang hace miles de años. 

La cosmología nos dice que un acto de auto-creación; el Señor Vishnu emerge del caos primigenio en su forma de "Mahā-Viṣhṇu"; un Dios celestial que se haya en un profundo y constante estado de sueño, el cual le permite expandir su mente a niveles creativos inconmensurables. En un momento dado, Mahā-Viṣhṇu soñó con crear el universo físico, y en ese instante brotó una flor de loto de su ombligo, de la cual emanó una energía llamada "Púrusha", que luego concibió a los primeros principios de la materia; "Prakriti". La mezcla de Púrusha y Prakriti formó una especie de "huevo dorado" denominado "Hiranyagarbha", en donde todo el potencial creativo de Mahā-Viṣhṇu (energía, tiempo y materia) estaban siendo fecundados en su interior.  La eclosión del huevo generó una explosión inmensa que terminó creando cientos y miles de universos materiales, entre ellos el que nosotros habitamos.

Los primeros principios de energía y materia; junto con la eclosión del huevo cósmico, son idénticos al proceso científico del Big Bang, y si miramos la narración bajo esa perspectiva, entonces, todo se torna lógico y científico. En la cosmología hindú, Vishnu representa la conciencia del universo en su forma no manifestada, que nace del caos primigenio (Mahā-Viṣhṇu). Luego, Vishnu engendra el Púrusha, que perfectamente podría equivaler al "período de recalentamiento" del Big Bang; aquella fase transitoria en la que el universo estaba comenzando a formar las primeras partículas y constituyentes del futuro universo. Luego, la eclosión del huevo equivale a lo que establece el bosón de Higgs con los inflatones; los responsables de producir la gran explosión.

El hinduismo sugiere que la explosión de dicho huevo cósmico, actualmente conocido como Big Bang, no es el comienzo de todo, sino que solamente es el comienzo de un ciclo presente precedido por un número infinito de creaciones y destrucciones, que la ciencia confirma con el Big Bounce. 

Nuestro actual universo, por ejemplo, nació hace aproximadamente 13.700 millones de años. En ese momento, muchos otros universos nacieron, y al mismo tiempo; otros más se destruyeron. 

Los científicos modernos afirman que nuestro universo llegará a su fin dentro de unos 5.000 millones de años, y que luego volverá a nacer, tal como afirma el hinduismo. El Big Bounce se define como un "modelo cíclico", implicando que el universo se extiende temporalmente más allá de la vida de cada universo individual, y sigue ciclos autosuficientes infinitos o indefinidos. 

Cada uno de esos universos comenzaría con un Big Bang y termina en un Big Crunch, lo que genera las condiciones necesarias para que se produzca un nuevo Big Bang.



¿Cómo el hinduismo llegó a concebir toda esta compleja y valiosa información hace miles de años? 

La mayoría de los tratados científicos de la Antigua India, no se atribuyen a ningún ser humano en particular, sino que al poder de la meditación y la revelación divina. Toda esta valiosa información fue proporcionada por los rishis (maestros espirituales, sabios videntes), quienes dedicaron sus vidas completas y de manera exclusiva a la meditación (Dhyāna) y al control de los sentidos (Prānāyāma / Pratyāhāra), logrando así, alcanzar estadíos elevados de conciencia (llamados Samādhi) con el fin de acceder a los planos divinos, y de este modo; conocer todos los secretos del universo, como los registros akáshicosEstos sabios pudieron salir de su cuerpo físico a voluntad, y viajaron a muchas partes del universo haciendo uso del poder yóguico. En la India ha habido muchos místicos que tenían el poder de elevarse por encima de las leyes de la naturaleza. Luego, ellos tomaron esta información y la explicaron de forma cosmológica por medio de la religión y la filosofía, para así, hacerla entendible o amigable para el hombre promedio. 

De hecho las propias experiencias extracorporales, sean del tipo que sean (meditativas, oníricas, akáshicas, enteógenas, psicoactivas, muerte clínica, etc.), existen gracias a este vasto océano de dimensiones que se superponen entre sí.

Otro punto importante a comprender es el término sánscrito de "adhidaivika", que remite a un plano sutil o celestial de existencia que es inaccesible en términos físicos. Incluso los yoguis y ascetas de más alto nivel sólo pueden acceder a estos planos en estados elevados de meditación, como el samādhi, que es un trance de unión con lo divino, o algún tipo de experiencia extracorpórea similar.

Lugares emblemáticos tales como el Monte Kailāsa, que es la morada de Shiva, Mahendra Parvata, que es el hogar de Parashurāma, o la gran y mítica Shambala y la Montaña Sumeru, no son sitios geográficos ni físicos; sino que sitios de nuestro mundo que se encuentran solapados con otros planos existenciales, y que por los mismo no pueden ser percibidos por los sentidos ordinarios. Incluso los sabios de la India narran que los cuerpos celestes del sistema solar, como la luna o el sol, también se encuentran habitados; solo que no podemos ver a sus habitantes con nuestros ojos ya que residen en un plano existencial distinto. 

Básicamente todos estos planos se hallan dentro del universo en el que está situado el nuestro, pero en otro estado.



Los planetas también actúan como nodos de influencia que modulan la experiencia dentro del universo material, y su movimiento a través del zodiaco configura patrones temporales y energéticos que estructuran la vida y el destino.  Por ejemplo, el Sol, asociado al Dios Surya, regula el tiempo, las estaciones y la energía vital, y la Luna, vinculada a Chandra, influye en la mente y los ritmos biológicos, y así sucesivamente con todos los planetas, estrellas o constelaciones.

Por lo tanto, dentro de este Multiverso Cuántico, los cuerpos celestes no son únicamente objetos físicos, sino centros de influencia funcional. Y en la cúspide de todo se encuentra Kṛṣṇaloka (Goloka Vṛndāvana), el origen absoluto de toda manifestación. Allí reside Krishna en su forma plena, y desde ese nivel emana el Brahmajyoti, una refulgencia ilimitada que no es luz física, sino un campo de existencia consciente, sin división ni fragmentación. 

Dentro de esta refulgencia se encuentran los Hari-Dhāmas (Vaikuṇṭhas), mundos espirituales autoluminosos en donde no existe el deterioro, el tiempo destructivo ni la muerte. En ellos predomina Vishnu en sus múltiples formas, y las entidades que habitan estos planos, almas liberadas, participan de la misma cualidad del Señor: son eternas, conscientes y plenas, aunque mantienen una diferencia funcional que preserva la estructura jerárquica de la realidad.

En algún nivel de esa refulgencia trascendental se produce una delimitación: Māyā, la energía ilusoria que no crea algo inexistente, sino que reconfigura lo real introduciendo límites. La función de Māyā es precisa; segmenta la continuidad absoluta del Brahmajyoti y establece las condiciones necesarias para que surjan la multiplicidad, la identidad individual y la experiencia separada. Básicamente, Māyā es lo que en la actualidad se suele asociar a la idea de “la Matrix”; es decir, un sistema envolvente que recubre la percepción y estructura todo lo que se experimenta como realidad.

Allí donde Māyā opera, surge el dominio material conocido como Devī-Dhāma. En este ámbito comienza la multiplicidad tal como la percibimos: surgen formas, identidades, procesos y tiempo lineal. Es en este campo donde aparecen los brahmāṇḍas, los universos individuales. Estos no son construcciones progresivas ni sistemas abiertos en expansión indefinida, sino unidades completas que emergen como totalidades cerradas, cada una con su propio espacio, su propio tiempo y sus propias leyes internas.

El proceso por el cual estos universos aparecen se explica mediante la manifestación operativa de Vishnu en su aspecto de Mahāviṣṇu, quien reposa en el océano causal, un estado pre-material donde toda la realidad existe en potencia, naciendo así los universos burbujas o multiversos cuánticos, y dentro de cada uno de ellos surge un Brahma particular, la entidad encargada de organizar la materia a partir de principios sutiles llamados tanmātras, que corresponden a las potencialidades fundamentales de percepción: sonido, tacto, forma, sabor y olor. A partir de estas bases se configuran los elementos materiales y, con ellos, las estructuras visibles del universo.

Cada brahmāṇḍa se organiza internamente en múltiples niveles llamados lokas, que pueden entenderse, de forma técnica, como “planetas” o dominios de existencia, ya sean de naturaleza física o astral/espiritual, o intermedios, los adhidaivika ya descritos en párrafos anteriores.

Los lokas físicos corresponden al plano más denso de la manifestación en donde predomina la materia grosera y tangible (sthūla). Aquí se encuentran los sistemas planetarios perceptibles por los sentidos y la instrumentación, como la Tierra. En estos niveles, la realidad está completamente estructurada por espacio tridimensional, tiempo secuencial y causalidad estricta. Los cuerpos están compuestos por los cinco elementos densos (tierra, agua, fuego, aire y éter en su forma materializada), y la experiencia está mediada por los sentidos físicos.

Los lokas sutiles o astrales operan con materia no visible, compuesta por niveles más finos de los elementos (sūkṣma). Aquí se ubican planos como Svarga-loka, donde habitan devas como Indra, así como otros niveles superiores (Mahar, Jana, Tapa). En estos dominios, los cuerpos no son físicos en sentido estricto, sino energéticos o mentales; el tiempo se experimenta de forma diferente (mucho más dilatada) y la percepción no depende de órganos materiales. La realidad es más maleable, menos rígida.

Y por supuesto también encontramos a los adhidaivika, que funcionan como zonas de interfaz o regulación entre lo físico y lo sutil. Aquí operan inteligencias cósmicas que gobiernan los procesos del universo: las fuerzas que regulan el movimiento de los astros, los ciclos naturales, el karma y las interacciones entre planos. No son “lugares” en sentido geográfico, sino niveles funcionales donde la realidad es coordinada. En este estrato se articulan las influencias de los grahas (planetas como centros de fuerza) y las deidades asociadas, como Surya (Sol) o Chandra (Luna), que actúan como nodos de regulación entre la estructura cósmica y la experiencia individual.

Todo este sistema opera en ciclos. La manifestación surge, se mantiene y se disuelve siguiendo un patrón constante de emanación, sostenimiento y reabsorción. 

Un solo “día” de Brahma, llamado kalpa, abarca un ciclo completo de actividad del universo, mientras que su “noche” implica una disolución parcial en la que las formas desaparecen pero sus principios permanecen latentes. Tras ciclos mayores, el universo entero se reabsorbe en el estado causal del que surgió.



En conjunto, lo que plantea el hinduismo no es simplemente un universo más grande de lo que imaginamos, sino una realidad multinivel en donde lo visible es solo una capa dentro de un entramado mucho más amplio. Los brahmāṇḍas se extienden como un auténtico mar cósmico de universos, cada uno con su propia estructura, mientras que dentro de ellos los lokas se superponen como estratos de existencia que van desde lo físico hasta lo sutil, habiendo dimensiones en donde cambian las reglas, la percepción y hasta la forma en que opera el tiempo. Todo esto articulado por energías como Māyā, que organiza la experiencia, y sostenido por una lógica interna donde cada plano cumple una función específica dentro del conjunto.



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