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domingo, 11 de octubre de 2026

¿Qué ocurre con los Suicidas después de la muerte?

 



El suicida cree erróneamente que poner fin a su vida supondrá el término de sus problemas y dolencias; sin embargo, la muerte física no implica la desaparición inmediata de aquello que atormentaba a su conciencia.

Al abandonar el cuerpo, el suicida descubre que únicamente ha destruido o aniquilado a su envoltura material, mientras que todos sus recuerdos, emociones, pensamientos y conflictos internos permanecen activos en los planos sutiles. 

La conciencia conserva la memoria de su existencia terrenal, reconoce los acontecimientos que marcaron su vida y continúa experimentando, al menos durante un período, las aflicciones que lo condujeron a tomar aquella decisión. Así, lo que esperaba extinguir mediante la muerte persiste más allá de la separación del cuerpo.

La muerte física, sea cuál sea la causa, no representa la extinción del ser, sino que únicamente significa la ruptura que tenía con el organismo material. Y aunque el cuerpo pertenezca al plano terrestre, el alma forma parte de una estructura mucho más profunda y sofisticada, la cual no se agota con la vida biológica. 

Al morir, todos los seres humanos abandonan su envoltura física, pero los principios sutiles que nos constituyen continúan su proceso de transformación, desenvolviéndose en estados de existencia que permanecen ocultos a los sentidos ordinarios.

Por ejemplo, y a muy grandes rasgos, cuando un ser humano muere se adentra en un estado de existencia llamado "Kama-Loka", en donde se sumerge en un muy profundo estado de sueño amnésico. Aquí la persona no sabe que ha fallecido ni tiene conciencia ni noción alguna de lo que ha ocurrido.

El objetivo de este sueño es que precisamente la persona se vaya despojando de todos los recuerdos e influencias negativas que acumuló durante su vida terrenal. Éstas últimas comprenden aquello que podríamos entender como actividad pecaminosa o mal karma, entre las cuales se encuentran el rencor, los vicios, la mentira, el odio, la envidia, la ignorancia, las pasiones incontroladas y cualquier otra inclinación perjudicial que hayamos cultivado durante nuestra existencia. Esto se debe a que dichos sentimientos y acciones, al emitir una frecuencia vibratoria tan densa y negativa, resultan incompatibles con los planos de existencia superior, como el Devachan o el Svarga-Loka, que son lugares en donde las almas reposan y descansan gustosamente en un estado de paz absoluta, o aquello que el cristianismo entiende por "cielo".

Sin embargo, este estado de bienaventuranza es de carácter temporal, no es infinito ni eterno como afirman las concepciones cristianas. 

El Devachan, por ejemplo, constituye una etapa dentro del prolongado proceso evolutivo del alma en el más allá. En este plano, la conciencia asimila la esencia de las experiencias más elevadas de su existencia terrenal, lo que le otorga una profunda sensación de plenitud, paz y bienaventuranza, liberándola temporalmente de las aflicciones y limitaciones propias de la vida material. 

De allí que se considere que las personas que llevaron una vida virtuosa, acumulando menos acciones negativas y menor carga kármica, pueden disfrutar de estancias más prolongadas e intensas en estos planos celestiales. Por el contrario, quienes cultivaron tendencias perjudiciales y acumularon un mayor peso kármico experimentarían un Devachan más débil y efímero, semejante a un breve sueño.

Para todos los casos, una vez que se agote la estadía en este plano, el alma vuelve a ser impulsada hacia el ciclo de nacimientos y muertes, lo que en las escrituras sánscritas se denomina "saṃsāra", para luego emprender una nueva encarnación en los mundos físicos según le corresponda.

De este modo, la existencia humana se desarrolla mediante una sucesión de etapas entre la vida terrenal y los planos sutiles: la encarnación permite experimentar y actuar en el mundo material; la muerte abre el tránsito por los estados post-mortem; y el Devachan ofrece el reposo necesario para asimilar las experiencias espiritualmente valiosas antes del retorno a una nueva vida, y este proceso se repite mientras el ser no alcance la liberación final.

Pero en el caso de los suicidas, este proceso presenta particularidades importantes, pues la interrupción voluntaria de la vida física altera completamente el tránsito habitual de los estados post-mortem. En lugar de desprenderse progresivamente de las ataduras terrenales y de acceder al reposo devachánico, como lo haría cualquier persona, el suicida permanece despierto en el Kāma-Loka, totalmente ligado a los deseos, a las emociones y a los conflictos que persistían al momento de su muerte.

En Kāma-Loka no existen los cuerpos materiales, pues se trata de una región de existencia astral cuyas condiciones trascienden las tres dimensiones del espacio físico. Los seres que allí permanecen se encuentran desencarnados: han perdido su envoltura corporal material pero conservan vehículos sutiles de conciencia mediante los cuales experimentan deseos, emociones, recuerdos e impresiones mentales, tal como si estuvieran vivos en nuestro mundo. Pero como dijimos, no todos se hayan despiertos. Los fallecidos guardan letargo, y los suicidas sucumben a su inmensidad, pues Kama-Loka presenta distintos niveles o estratos según su densidad. En el hinduismo y en el budismo se describe la existencia de una infinidad de mundos astrales, cada uno albergando diferentes tipos de niveles o moradores.

Para los suicidas este nuevo mundo puede presentarse como una prisión a la que continúan dominados por las impresiones emocionales y mentales de su vida anterior. Sus deseos permanecen activos, sus recuerdos lo mantienen ligado a las circunstancias de su antigua existencia, y su incapacidad para intervenir directamente en el mundo material puede intensificar su angustia. 

El riesgo que afrontan los suicidas reside en que, al permanecer despiertos y atrapados en la rumiación de sus deseos, emociones y conflictos dentro de los planos astrales, pueden profundizar las tendencias destructivas que dominaron su conciencia durante la vida terrenal y quedar sujetos a estados de existencia todavía más lamentables. 

No por nada numerosas tradiciones atribuyen a ciertos fantasmas, almas en pena y entidades demoníacas un origen humano, más concretamente suicida, pues, envidiando a los vivos y rumiando sus pasiones, resentimientos y aflicciones, guardan un rencor terrible.

En la inmensidad del plano astral, estas tendencias pueden conducir a una progresiva afinidad con los estratos inferiores, donde la conciencia permanece estrechamente ligada a los impulsos más densos y destructivos. Es en estas regiones, identificadas en el lenguaje ocultista con el bajo astral, donde se sitúan las entidades parasitarias, demoniacas y regresivas que incluso pueden transformarse en seres malvados que inducen a otras personas a cometer suicidios o crímenes, buscando desquitarse por su condición actual, especialmente cuando la desesperación, el odio y las pasiones destructivas continúan dominando su conciencia tras la muerte física. 

Pero también puede ocurrir que los suicidas logren dominarse y enfrentar su situación en lugar de entregarse al pánico y al odio. Si atraviesan estos planos sin sucumbir a la densidad de los planos inferiores, es posible que, con el paso del tiempo, puedan entrar en Devachan y alcanzar posteriormente una nueva forma de vida. 

Pero aquí nuevamente encontramos otros problemas.

El primero es más bien una dificultad, y tiene que ver con la incertidumbre del "tiempo". El suicida desconoce cuánto tiempo deberá permanecer en semejante estado, pues su tránsito post-mortem está ligado a muchos factores, como las consecuencias kármicas de sus actos como al período de vida que le hubiese correspondido de haber fallecido por causas naturales.

La imposibilidad de determinar si esta condición se prolongará durante un período breve o durante un lapso que exceda toda medida humana intensifica su angustia, especialmente cuando percibe el Kāma-Loka como una prisión astral de la que no puede escapar.

De hecho la percepción temporal en otros planos de existencia es distinta, y no tiene porqué corresponder necesariamente al nuestro. Lo que para nosotros es un día, para las entidades de un plano diferente podría equivaler a miles y miles años. La Biblia cristiana dice, "Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años son como un día." Y los textos hindúes afirman que un solo día en el plano o mundo del Dios Brahmā equivale a 4.320.000.000 (cuatro mil trescientos veinte millones) de años terrestres, y para el Dios Krishna, quien mora en un plano todavía superior al de Brahmā; 100 años de Brahmā duran menos de un segundo humano. Un trance meditativo profundo o una experiencia inducida por sustancias enteogénicas pueden ofrecernos viajes extracorpóreos de muchas horas, semanas o años, mientras que en el mundo físico apenas han transcurrido unos minutos u horas.

La ausencia de una percepción clara del tiempo sumada a la incertidumbre respecto de su destino, pueden intensificar el desconcierto del suicida, haciéndolo creer que permanecerá indefinidamente en aquella condición. Esta situación adquiere particular relevancia en el caso de quienes se suicidan a una edad temprana. Al haber dispuesto de menos tiempo para acumular experiencias, desarrollar sus facultades y adquirir conocimientos mediante la vida física, su proceso de asimilación en los planos post-mortem seguiría un curso más prolongado al de quienes lo hicieron en su adultez o vejez.

El segundo problema radica en los cuerpos o formas que el suicida puede tomar una vez liberado de su condición inicial, pues su karma no sintonizará con cuerpos superiores, mucho menos humanos o divinos, sino que, contrariamente, muy inferiores, como bacterias, parásitos o animales de escaso desarrollo cognitivo y cuyo grado de conciencia o de percepción y aprendizaje sean considerablemente limitados.

De este modo, el suicida daría inicio a una extensa sucesión de nacimientos, muertes y nuevas encarnaciones a lo largo de cientos o miles de existencias primitivas, antes de recuperar nuevamente la condición humana, pues, por lo menos en este planeta, los seres humanos se ubican en la escala de evolución espiritual más alta. 

Eso sí; al afrontar una nueva existencia humana, el suicida deberá enfrentarse nuevamente a las tendencias, problemas y consecuencias kármicas que quedaron sin resolver en su anterior vida, retomando el proceso de aprendizaje y transformación espiritual que había quedado inconcluso en su vida anterior. De ahí surge la creencia de que quienes se suicidan ya habrían cometido el mismo acto en una encarnación previa, viéndose obligados a afrontar nuevamente una prueba que no lograron superar y cuyas causas deberán resolver en el curso de su nueva existencia.

Este ciclo continuaría hasta que el individuo lograra trascender las causas que lo mantienen sujeto al saṃsāra, y así avanzar hacia la liberación espiritual definitiva, lo que en sánscrito se denomina mokṣa [Nota: esto es para todas las formas de existencia].

El saṃsāra constituye la rueda incesante de nacimientos, muertes y renacimientos a la que permanece sujeto el jīva, el ser individual encarnado, mientras su conciencia continúe condicionada por el karma, los deseos y la ignorancia espiritual (avidyā) que le impiden reconocer plenamente su verdadera naturaleza. 

Cada existencia terrenal representa una nueva etapa dentro de este prolongado proceso evolutivo en la que el ser recoge las consecuencias de sus acciones anteriores y genera, mediante sus pensamientos, deseos y actos presentes, las causas que condicionarán sus experiencias futuras. De este modo el karma no constituye únicamente una ley de retribución moral, sino que también un principio de causalidad espiritual que vincula las acciones con sus consecuencias, manteniendo al ser dentro del ciclo de la existencia condicionada. 

Mientras persistan los deseos, los apegos y las tendencias latentes (saṃskāras) que impulsan a la conciencia hacia nuevas experiencias materiales, el jīva continuará transitando entre sucesivas encarnaciones, abandonando un cuerpo físico para asumir otro conforme a las causas kármicas que haya generado. 

Este proceso no implica necesariamente que el ser conserve recuerdos conscientes de sus vidas anteriores, pues las impresiones de esas existencias permanecen inscritas en sus disposiciones profundas y pueden expresarse como inclinaciones, afinidades, temores, deseos y circunstancias particulares de su nueva vida, aunque también, mediante regresiones y trances meditativos, sería posible tener atisbos de aquello.

Cada encarnación ofrece nuevas oportunidades para experimentar las consecuencias de las acciones pasadas, depurar las tendencias que mantienen al ser ligado a la materia y desarrollar el conocimiento espiritual necesario para trascender su condición. 

Para obtener mokṣa se exige superar la avidyā, es decir, la ignorancia que conduce al ser a identificarse exclusivamente con el cuerpo, la mente, el ego y las circunstancias transitorias de la existencia material. Mediante el conocimiento espiritual (jñāna), la disciplina interior (sādhana), la acción desinteresada (karma-yoga) y la devoción a la Deidad (bhakti), el ser puede purificar su conciencia, trascender sus apegos y reconocer su relación fundamental con la Realidad Suprema. 

Cuando esta realización se consuma, el karma deja de determinar nuevas encarnaciones y se extingue la necesidad de retornar al mundo condicionado. 

"Una persona puede morir por suicidio, pero tendrá que regresar para saldar sus deudas y obligaciones. Como ser humano, es inevitable enfrentar dificultades, pero ¿significa eso que uno debe suicidarse? Las consecuencias del suicidio son extremadamente graves. El Señor lo ha prohibido porque sus consecuencias son muy serias. Ni siquiera se debe pensar en suicidarse. Propóngase pagar todas sus deudas pendientes, pero ni siquiera piense en el suicidio. 
Al suicidarse, uno puede convertirse en un preta (espíritu atormentado incesantemente por el hambre y la sed) y tener que vagar como tal. Por lo tanto, al contrario, uno atrae problemas al suicidarse. Un solo acto de suicidio tiene repercusiones en muchas vidas futuras. Y cuando uno se suicida, no es un acto nuevo; lo hace debido a las repercusiones de suicidios cometidos en vidas anteriores. El suicidio de esta vida es el resultado del karma de suicidios cometidos en una vida anterior. Así uno se mata a sí mismo. El suicida ha creado tales repercusiones porque él mismo ha venido haciéndolo en sus vidas pasadas. Y después de suicidarse puede que tenga que vagar sin cuerpo. No es fácil convertirse en un fantasma. Un fantasma es una forma de vida como lo puede ser un ser celestial; no es algo fácil. Y uno se convierte en ese tipo de entidades cuando ha realizado una penitencia intensa en este mundo, mientras que un preta es algo diferente".
[Param Pujya Dadashri]


domingo, 6 de septiembre de 2026

La Cábala: Ciencia Metafísica



  • Introducción


La Cábala es una corriente mística y esotérica surgida dentro de la religión hebraica, y que tiene por finalidad la comprensión y el estudio de los aspectos ocultos de la existencia humana a nivel espiritual, energético y divino.

La Cábala funciona básicamente como una herramienta o lenguaje que plasma y mapea diversos conceptos metafásicos que, de otro modo, podrían resultar abstractos o difíciles de comprender para nuestros sentidos mundanos. Para ello la Cábala se sirve de un complejo sistema de símbolos, correspondencias, letras y valores numéricos mediante los cuales se busca representar y relacionar los distintos niveles de la existencia.

Este sistema nació con varios nombres entre los intelectuales israelitas que necesitaban reentender y descifrar ciertos pasajes enigmáticos del Antiguo Testamento tales como la visión de Ezequiel 1, en donde el profeta observa que los cielos se abrieron para dar cabida a la aparición de entidades terribles con formas de ruedas y miles de ojos, así como de seres angelicales con cabezas de animal, todo acompañado de fuegos y estruendosos relámpagos, y encima de todos un ser con forma de hombre en un trono. 

Esto provocó que los intelectuales judíos se realizaran una serie de interrogantes; ¿Era posible que Ezequiel hubiera experimentado realmente un contacto con una dimensión espiritual inaccesible a los sentidos ordinarios? ¿Aquellos seres constituían entidades reales de un mundo celestial? ¿O las imágenes descritas por el profeta representaban, mediante un lenguaje simbólico, una estructura oculta del cosmos y de la realidad divina?



El profeta Enoc fue otro antecedente importantísimo para la formación de la Cábala, porque, al igual que Ezequiel, la tradición enóquica aportó un conjunto de ideas sobre entidades celestiales, secretos cósmicos, leyes sobrenaturales y angelología. Es más, a Enoc se le atribuyó la composición de una serie de libros que llevan su nombre y en donde se describen sus viajes por los cielos, sus encuentros con ángeles y la estructura del universo. El propio Génesis afirma que Enoc desapareció de la Tierra al ser llevado por Dios, lo cual no implica muerte. Entonces; ¿Fue trasladado físicamente al cielo? ¿Experimentó una ascensión espiritual? ¿Tuvo acceso a las regiones celestiales? ¿Qué símbolos oculta el relato?

Entendiendo los dos puntos anteriores se debe señalar que, durante sus primeros siglos de desarrollo por allá en los tiempos del Antiguo Israel, aquello que posteriormente conoceríamos como "Cábala" todavía no recibía este nombre como tal, sino que se le llamaba Tradición Merkavá (del Carro Celestial) o Hekhalot (del Palacio Celestial), en relación a las visiones y acontecimientos narrados por estos profetas, y no fue hasta la Edad Media, especialmente entre los siglos XII y XIII, cuando diferentes corrientes y tradiciones místicas del judaísmo comenzaron a integrarse sistemáticamente para luego renacer como Cábala. Entendiendo esto el lector sabrá que estoy empleando la palabra "Cábala" de forma retrospectiva si me refiero a los tiempos del Antiguo Israel. Por ejemplo, si digo que la Cábala ya existía hace 2.500 años, la respuesta es sí y no, pues efectivamente había una corriente esotérica dentro del judaísmo en aquel minuto, pero no recibía ese nombre y todavía no se sistematizaba como luego lo hizo en tiempos medievales. 

Otros relatos enigmáticos del Antiguo Testamento, algunos asociados a Isaías, Daniel o Elías también contribuyeron a la formación de la Cábala original, así como la Ma'aseh Bereshit o Creación del Universo, en donde los sabios se cuestionaron e intentaron descifrar la forma en la que se pudo haber llevado a cabo la creación. Tradicionalmente al rey bíblico Salomón también se le relaciona con la práctica y el estudio de un sistema ceremonial basado en la magia, la teúrgia y la goecia, lo que aumentó el interés de los intelectuales hebreos en cuanto a las artes esotéricas y la necesidad de estudiar el cosmos desde una perspectiva más espiritual y metafísica. A esto se le suma el hecho de que muchos intelectuales de la religión hebrea entendían que sus libros sagrados, en lugar de narrar hechos literales, representaban personajes y acontecimientos alegóricos y metafóricos que uno debía descifrar para comprenderlos. 



Por supuesto, en sus primeros tiempos la Cábala se vio influenciada por elementos y creencias que giraban alrededor de la nación israelí, principalmente provenientes de Egipto, Babilonia y Asia Central. Por ello su desarrollo no estuvo exento de controversias dentro del propio judaísmo, ya que, mientras determinados sectores rabínicos terminaron integrando la tradición cabalística en su pensamiento religioso, otros mostraron reservas o simplemente rechazaron determinadas doctrinas y prácticas asociadas a ella, como acontece con temas relacionados a la numerología, la astrología y la elaboración de amuletos, habiendo numerosa existencia arqueológica y literaria de sus prácticas dentro de Israel. 

Ya durante la Edad Media, todos aquellas tradiciones místicas del judaísmo como la Merkavá, la Hekhalot y la Ma'aseh Bereshit comenzaron a ser estudiadas por personas externas al mundo judío, provocando que se integraran y masificaran entre cristianos y esotéricos. A esto se le suman los intercambios culturales y las migraciones masivas que acontecieron producto de las Cruzadas y el resurgimiento de las tradiciones greco-árabes. Para el siglo XIII, el misticismo judaico ya era conocido como Cábala, y en el Renacimiento se incorporó e integró a movimientos esotéricos de diversas vertientes, como el neoplatonismo, la alquimia, el hermetismo, la magia ceremonial, y más tarde, la masonería y el tarot, además intensificar su relación con la astrología y la numerología que ya se venían acarreando desde hace siglos. 

De hecho, varios de los pilares fundamentales de la Cábala alcanzaron su punto cúlmine de desarrollo en este período de tiempo, como lo respectivo al Árbol de la Vida, la Rueda de la Creación, las Sefirot, la Gematría o Numerología hebrea, el Infinito o Ein Sof, el Mazzalot u Horóscopo hebreo, el Ḥokhmat ha-Ṣeruf o Sabiduría de la combinación de letras, la Ma'asit o práctica ritual, así como la redacción de algunos de sus principales libros; Sefer ha-Bahir, Sefer ha-Zohar, Sefer ha-Rimmon, Pardes Rimonim, Ma'arekhet ha-Elohut, Sefer ha-Peli'ah, Ginat Egoz, Sha'arei Orah y Sefer ha-Kanah.

Esto hace de la Cábala una fascinante y muy rica ciencia mística dotada de conceptos y paralelismos enriquecedores, independientemente de que determinados sectores del judaísmo rechacen o aprueben su práctica y/o sus posteriores relaciones sincréticas con otros sistemas. De hecho, esto hizo que se formaran dos tipos de Cábala; la esotérica u ocultista, y la tradicional o hebrea.

Sin embargo, lo que no se puede negar es que, desde una perspectiva profunda y libre de fanatismos y sesgos, todas las religiones del mundo transmiten un mismo principio esotérico, tal como si estuviesen entrelazadas a través de un hilo conductor en común, pero variando únicamente en el contexto cultural en que nacieron. Y en este sentido, la Cábala puede ser entendida como una herramienta particularmente poderosa para descifrar los enigmas del universo y hacer una convergencia de todo aquello que nos rodea.


sábado, 2 de mayo de 2026

El Hinduismo narra el Multiverso Cuántico y la existencia de un vasto océano cósmico de cuatrillones de sistemas planetarios


La cosmovisión hindú describe un cosmos infinito compuesto de una arquitectura viva, estratificada y vibrante de realidades superpuestas en donde la materia es apenas la corteza de un sistema infinitamente más sutil. 

En la visión revelada de los Vedas y los Puranas, como el Śrīmad-Bhāgavatam, el Vishnu Purana o el Caitanya Caritamrta, el cosmos se organiza en múltiples planos de existencia llamados lokas, que son mundos en donde cada uno posee su propia densidad, tiempo, leyes y habitantes, así comosu disposición en los respectivos universos que los alberga, los brahmāṇḍas.

De este modo el hinduismo no se limita a sostener la idea de que únicamente existe nuestro universo, ni tampoco a transmitir la afirmación de que este mundo fue creado de forma instantánea o casi mágica en un número arbitrario de días; más bien, propone explicaciones profundamente complejas y detalladas sobre su origen y evolución, abordando escalas de tiempo colosales en las que interactúan las más diversas leyes y fuerzas. 

Así, adelantándose por miles de años a la física cuántica y a la teoría de las cuerdas, e incluso al propio y bien conocido Big Bang, el hinduismo nos enseña que el universo nació producto de una gran explosión cósmica, la cual no solamente dio origen a nuestro universo, sino que también a incontables universos que se extienden a lo largo y ancho de un vasto océano cósmico que se compone por billones y billones de sistemas planetarios. 

Metafóricamente se afirma que todos estos universos se comportan como burbujas que flotan y se expanden en un espacio infinito, estando una al lado de otra, sin límites ni fronteras visibles como si fuese una danza eterna de expansión y coexistencia. De hecho, uno de los motivos artísticos más recurrentes dentro del hinduismo es la representación del Dios Vishnu (la Deidad rectora y encargada de preservar y mantener los universos) descansando en el océano cósmico de la creación material mientras a su alrededor se despliegan cientos e incluso miles de burbujas, ilustrando así la inmensidad y multiplicidad de los planetas y universos que coexisten con el nuestro, lo que nos recuerda exactamente al "Multiverso Cuántico" postulado por varias ramas de la ciencia moderna.



Por si fuera poco, los textos sagrados nos enseñan que estos universos poseen una duración predeterminada, pues, conforme a las propias leyes de la naturaleza material, eventualmente colapsarán y serán destruidos. Y tras este proceso se establecerán las condiciones necesarias para que tenga lugar otra gran explosión, dando lugar al nacimiento de nuevos universos. De acuerdo a los textos sagrados se estima que cada universo material tiene una duración de 311.040.000.000.000.000 (trescientos once mil cuarenta billones) de años, lo que se conoce como “Mahā Kalpa” (Gran Ciclo), que comprende 100 años de la vida del Señor Brahmā (el Dios encargado de la configuración material). 

Esta cifra resulta exorbitante para nosotros, pero en el tiempo de los Dioses, quienes moran en un plano totalmente diferente, con otras leyes y fuerzas, es un lapso de tiempo cortísimo. Para ponerlo en perspectiva: un solo día en el plano o mundo de Brahmā equivale a 4.320.000.000 (cuatro mil trescientos veinte millones) de años terrestres. Por lo tanto, el Mahā Kalpa, que para nosotros se traduce en trescientos once mil cuarenta billones de años, para Brahmā son apenas 100. Y para Krishna, quien mora en un plano todavía superior; 100 años de Brahmā duran menos de un segundo, reflejando su magnitud y majestuosidad. 

Lo notable de todas estas enseñanzas radica en su sorprendente correspondencia con teorías modernas. Renombrados científicos en campos tales como la astrofísica y la mecánica cuántica, entre ellos Stephen Hawking, han planteado que el Big Bang no dio origen únicamente a nuestro universo, sino que también a una cantidad potencialmente infinita de universos, y que incluso el propio Big Bang fue uno entre muchas explosiones que acontecieron de forma simultánea. Y es más; los científicos también postulan que todos estos universos, incluyendo el nuestro, colapsarán y se destruirán (Big Crunch), para luego volver a nacer, lo que en conjunto denominan Big Bounce, que es un ciclo eterno en donde los universos nacen, mueren, y luego vuelven a nacer, tal como afirma el hinduismo con el Mahā Kalpa. 

De esta manera, lo que para la ciencia moderna es una hipótesis basada en observaciones y cálculos matemáticos, para el hinduismo constituye un conocimiento ancestral revelado directamente desde fuentes divinas.

Y por las mismas razones es que específicamente encontramos una gran estatua del Dios Shiva (el Dios encargado de disolver la existencia material) en el CERN (La Organización Europea para la Investigación Nuclear), que es el laboratorio de física más grande del mundo y el lugar en donde reposa el colisionador de hadrones (LHC). La estatua en sí representa al Señor Shiva en su manifestación como "Naṭarāja" o “Rey de la Danza” , que lo muestra bailando en un estado extático y furioso mientras se halla rodeado por aros de fuego. De acuerdo a los textos sagrados, la Danza de Shiva simboliza el flujo perpetuo de energía que recorre el universo: un pulso rítmico que sostiene todo el orden material. Cuando la danza cesa, todo retorna al caos primigenio; y cuando se reanuda, el universo completo renace, recordando así que la existencia no es sino el compás sagrado de la energía divina en perpetuo movimiento. 

Así, colmado en ímpetu, fuego y pulsaciones cósmicas y subatómicas en donde cada gesto refleja el latido mismo del universo en su perpetuo ciclo de creación y disolución, Shiva danza eternamente. Y esto refleja lo que los científicos del CERN han corroborado y comprendido: el universo funciona según ritmos y ciclos, tal como una danza en donde la energía se despliega, se transforma y se renueva constantemente con partículas que surgen y desaparecen en un ritmo continuo, semejante a una danza furiosa sin principio ni fin. 

La mecánica cuántica, la física de partículas y el estudio de la materia y la energía, son campos que precisamente aborda la cosmología de Shiva en su manifestación como Naṭarāja, convergiendo así con leyes y descubrimientos de la ciencia moderna.



Así, el hinduismo enseña y predica la existencia de multiversos extendidos a lo largo y ancho de un vasto océano cósmico de billones y cuatrillones de sistemas planetarios, detallando cómo se originan, cómo se estructuran internamente y cuál es su relación con la fuente última de la que todo procede.



lunes, 13 de abril de 2026

El Gnosticismo Sethiano


El gnosticismo sethiano constituye una de las corrientes más complejas, radicales, interesantes y polémicas del pensamiento religioso de la Antigüedad Tardía. 

Surgido entre los siglos II y III de nuestra era, principalmente en contextos judeocristianos helenizados del Mediterráneo Oriental, el sethianismo representa una forma extrema de gnosis: una visión del mundo profundamente crítica del cosmos material y de todo su sistema institucionalizado.

Para los sethianos, el mundo visible no es una creación buena ni pura, mucho menos ordenada por un dios supremo y todopoderoso, sino que, más bien, es el resultado de un error; una desviación metafísica que ha dado origen a una realidad regida por fuerzas inferiores y engañosas; reyes, gobiernos, sacerdotes, religiones y leyes que nos someten y esclavizan al mundo terrenal, obligándonos a vivir en este plano, ignorantes del espíritu y la trascendencia.

Los sethianos, al igual que todas las ramas y escuelas gnósticas, promulgaban la salvación a través del conocimiento interno, y no mediante una fe ciega y dogmática. Esta postura los colocó en abierta confrontación tanto con el judaísmo rabínico como con el cristianismo emergente, y no es casual que los Padres de la Iglesia, como Ireneo de Lyon o Hipólito de Roma, los hayan descrito como herejes peligrosos y subversivos.

El nombre de esta rama proviene de un personaje bíblico casi irrelevante y que apenas es mencionado en el relato hebreo; Seth, el hijo menor de Adán y Eva. Pero esto es, para los sethianos, algo profundamente significativo, pues aquello que resulta verdaderamente subversivo para el sistema no se debe glorificar ni exponer de manera abierta, sino que, muy contrariamente, debe ser entendida por verdaderos iniciados. 

A diferencia de otros personajes bíblicos, Seth no es convertido en héroe, rey o profeta central; sino que permanece en los márgenes del relato. Seth, por lo tanto, encarna una memoria peligrosa: la posibilidad de que el ser humano no pertenezca al mundo del Demiurgo ni de su institución religiosa.

En la presente publicación abordaremos el pensamiento y el mensaje de la antigua tradición sethiana, incluyendo lógicamente la razón de su nombre.