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domingo, 11 de octubre de 2026

¿Qué ocurre con los Suicidas después de la muerte?

 



El suicida cree erróneamente que poner fin a su vida supondrá el término de sus problemas y dolencias; sin embargo, la muerte física no implica la desaparición inmediata de aquello que atormentaba a su conciencia.

Al abandonar el cuerpo, el suicida descubre que únicamente ha destruido o aniquilado a su envoltura material, mientras que todos sus recuerdos, emociones, pensamientos y conflictos internos permanecen activos en los planos sutiles. 

La conciencia conserva la memoria de su existencia terrenal, reconoce los acontecimientos que marcaron su vida y continúa experimentando, al menos durante un período, las aflicciones que lo condujeron a tomar aquella decisión. Así, lo que esperaba extinguir mediante la muerte persiste más allá de la separación del cuerpo.

La muerte física, sea cuál sea la causa, no representa la extinción del ser, sino que únicamente significa la ruptura que tenía con el organismo material. Y aunque el cuerpo pertenezca al plano terrestre, el alma forma parte de una estructura mucho más profunda y sofisticada, la cual no se agota con la vida biológica. 

Al morir, todos los seres humanos abandonan su envoltura física, pero los principios sutiles que nos constituyen continúan su proceso de transformación, desenvolviéndose en estados de existencia que permanecen ocultos a los sentidos ordinarios.

Por ejemplo, y a muy grandes rasgos, cuando un ser humano muere se adentra en un estado de existencia llamado "Kama-Loka", en donde se sumerge en un muy profundo estado de sueño amnésico. Aquí la persona no sabe que ha fallecido ni tiene conciencia ni noción alguna de lo que ha ocurrido.

El objetivo de este sueño es que precisamente la persona se vaya despojando de todos los recuerdos e influencias negativas que acumuló durante su vida terrenal. Éstas últimas comprenden aquello que podríamos entender como actividad pecaminosa o mal karma, entre las cuales se encuentran el rencor, los vicios, la mentira, el odio, la envidia, la ignorancia, las pasiones incontroladas y cualquier otra inclinación perjudicial que hayamos cultivado durante nuestra existencia. Esto se debe a que dichos sentimientos y acciones, al emitir una frecuencia vibratoria tan densa y negativa, resultan incompatibles con los planos de existencia superior, como el Devachan o el Svarga-Loka, que son lugares en donde las almas reposan y descansan gustosamente en un estado de paz absoluta, o aquello que el cristianismo entiende por "cielo".

Sin embargo, este estado de bienaventuranza es de carácter temporal, no es infinito ni eterno como afirman las concepciones cristianas. 

El Devachan, por ejemplo, constituye una etapa dentro del prolongado proceso evolutivo del alma en el más allá. En este plano, la conciencia asimila la esencia de las experiencias más elevadas de su existencia terrenal, lo que le otorga una profunda sensación de plenitud, paz y bienaventuranza, liberándola temporalmente de las aflicciones y limitaciones propias de la vida material. 

De allí que se considere que las personas que llevaron una vida virtuosa, acumulando menos acciones negativas y menor carga kármica, pueden disfrutar de estancias más prolongadas e intensas en estos planos celestiales. Por el contrario, quienes cultivaron tendencias perjudiciales y acumularon un mayor peso kármico experimentarían un Devachan más débil y efímero, semejante a un breve sueño.

Para todos los casos, una vez que se agote la estadía en este plano, el alma vuelve a ser impulsada hacia el ciclo de nacimientos y muertes, lo que en las escrituras sánscritas se denomina "saṃsāra", para luego emprender una nueva encarnación en los mundos físicos según le corresponda.

De este modo, la existencia humana se desarrolla mediante una sucesión de etapas entre la vida terrenal y los planos sutiles: la encarnación permite experimentar y actuar en el mundo material; la muerte abre el tránsito por los estados post-mortem; y el Devachan ofrece el reposo necesario para asimilar las experiencias espiritualmente valiosas antes del retorno a una nueva vida, y este proceso se repite mientras el ser no alcance la liberación final.

Pero en el caso de los suicidas, este proceso presenta particularidades importantes, pues la interrupción voluntaria de la vida física altera completamente el tránsito habitual de los estados post-mortem. En lugar de desprenderse progresivamente de las ataduras terrenales y de acceder al reposo devachánico, como lo haría cualquier persona, el suicida permanece despierto en el Kāma-Loka, totalmente ligado a los deseos, a las emociones y a los conflictos que persistían al momento de su muerte.

En Kāma-Loka no existen los cuerpos materiales, pues se trata de una región de existencia astral cuyas condiciones trascienden las tres dimensiones del espacio físico. Los seres que allí permanecen se encuentran desencarnados: han perdido su envoltura corporal material pero conservan vehículos sutiles de conciencia mediante los cuales experimentan deseos, emociones, recuerdos e impresiones mentales, tal como si estuvieran vivos en nuestro mundo. Pero como dijimos, no todos se hayan despiertos. Los fallecidos guardan letargo, y los suicidas sucumben a su inmensidad, pues Kama-Loka presenta distintos niveles o estratos según su densidad. En el hinduismo y en el budismo se describe la existencia de una infinidad de mundos astrales, cada uno albergando diferentes tipos de niveles o moradores.

Para los suicidas este nuevo mundo puede presentarse como una prisión a la que continúan dominados por las impresiones emocionales y mentales de su vida anterior. Sus deseos permanecen activos, sus recuerdos lo mantienen ligado a las circunstancias de su antigua existencia, y su incapacidad para intervenir directamente en el mundo material puede intensificar su angustia. 

El riesgo que afrontan los suicidas reside en que, al permanecer despiertos y atrapados en la rumiación de sus deseos, emociones y conflictos dentro de los planos astrales, pueden profundizar las tendencias destructivas que dominaron su conciencia durante la vida terrenal y quedar sujetos a estados de existencia todavía más lamentables. 

No por nada numerosas tradiciones atribuyen a ciertos fantasmas, almas en pena y entidades demoníacas un origen humano, más concretamente suicida, pues, envidiando a los vivos y rumiando sus pasiones, resentimientos y aflicciones, guardan un rencor terrible.

En la inmensidad del plano astral, estas tendencias pueden conducir a una progresiva afinidad con los estratos inferiores, donde la conciencia permanece estrechamente ligada a los impulsos más densos y destructivos. Es en estas regiones, identificadas en el lenguaje ocultista con el bajo astral, donde se sitúan las entidades parasitarias, demoniacas y regresivas que incluso pueden transformarse en seres malvados que inducen a otras personas a cometer suicidios o crímenes, buscando desquitarse por su condición actual, especialmente cuando la desesperación, el odio y las pasiones destructivas continúan dominando su conciencia tras la muerte física. 

Pero también puede ocurrir que los suicidas logren dominarse y enfrentar su situación en lugar de entregarse al pánico y al odio. Si atraviesan estos planos sin sucumbir a la densidad de los planos inferiores, es posible que, con el paso del tiempo, puedan entrar en Devachan y alcanzar posteriormente una nueva forma de vida. 

Pero aquí nuevamente encontramos otros problemas.

El primero es más bien una dificultad, y tiene que ver con la incertidumbre del "tiempo". El suicida desconoce cuánto tiempo deberá permanecer en semejante estado, pues su tránsito post-mortem está ligado a muchos factores, como las consecuencias kármicas de sus actos como al período de vida que le hubiese correspondido de haber fallecido por causas naturales.

La imposibilidad de determinar si esta condición se prolongará durante un período breve o durante un lapso que exceda toda medida humana intensifica su angustia, especialmente cuando percibe el Kāma-Loka como una prisión astral de la que no puede escapar.

De hecho la percepción temporal en otros planos de existencia es distinta, y no tiene porqué corresponder necesariamente al nuestro. Lo que para nosotros es un día, para las entidades de un plano diferente podría equivaler a miles y miles años. La Biblia cristiana dice, "Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años son como un día." Y los textos hindúes afirman que un solo día en el plano o mundo del Dios Brahmā equivale a 4.320.000.000 (cuatro mil trescientos veinte millones) de años terrestres, y para el Dios Krishna, quien mora en un plano todavía superior al de Brahmā; 100 años de Brahmā duran menos de un segundo humano. Un trance meditativo profundo o una experiencia inducida por sustancias enteogénicas pueden ofrecernos viajes extracorpóreos de muchas horas, semanas o años, mientras que en el mundo físico apenas han transcurrido unos minutos u horas.

La ausencia de una percepción clara del tiempo sumada a la incertidumbre respecto de su destino, pueden intensificar el desconcierto del suicida, haciéndolo creer que permanecerá indefinidamente en aquella condición. Esta situación adquiere particular relevancia en el caso de quienes se suicidan a una edad temprana. Al haber dispuesto de menos tiempo para acumular experiencias, desarrollar sus facultades y adquirir conocimientos mediante la vida física, su proceso de asimilación en los planos post-mortem seguiría un curso más prolongado al de quienes lo hicieron en su adultez o vejez.

El segundo problema radica en los cuerpos o formas que el suicida puede tomar una vez liberado de su condición inicial, pues su karma no sintonizará con cuerpos superiores, mucho menos humanos o divinos, sino que, contrariamente, muy inferiores, como bacterias, parásitos o animales de escaso desarrollo cognitivo y cuyo grado de conciencia o de percepción y aprendizaje sean considerablemente limitados.

De este modo, el suicida daría inicio a una extensa sucesión de nacimientos, muertes y nuevas encarnaciones a lo largo de cientos o miles de existencias primitivas, antes de recuperar nuevamente la condición humana, pues, por lo menos en este planeta, los seres humanos se ubican en la escala de evolución espiritual más alta. 

Eso sí; al afrontar una nueva existencia humana, el suicida deberá enfrentarse nuevamente a las tendencias, problemas y consecuencias kármicas que quedaron sin resolver en su anterior vida, retomando el proceso de aprendizaje y transformación espiritual que había quedado inconcluso en su vida anterior. De ahí surge la creencia de que quienes se suicidan ya habrían cometido el mismo acto en una encarnación previa, viéndose obligados a afrontar nuevamente una prueba que no lograron superar y cuyas causas deberán resolver en el curso de su nueva existencia.

Este ciclo continuaría hasta que el individuo lograra trascender las causas que lo mantienen sujeto al saṃsāra, y así avanzar hacia la liberación espiritual definitiva, lo que en sánscrito se denomina mokṣa [Nota: esto es para todas las formas de existencia].

El saṃsāra constituye la rueda incesante de nacimientos, muertes y renacimientos a la que permanece sujeto el jīva, el ser individual encarnado, mientras su conciencia continúe condicionada por el karma, los deseos y la ignorancia espiritual (avidyā) que le impiden reconocer plenamente su verdadera naturaleza. 

Cada existencia terrenal representa una nueva etapa dentro de este prolongado proceso evolutivo en la que el ser recoge las consecuencias de sus acciones anteriores y genera, mediante sus pensamientos, deseos y actos presentes, las causas que condicionarán sus experiencias futuras. De este modo el karma no constituye únicamente una ley de retribución moral, sino que también un principio de causalidad espiritual que vincula las acciones con sus consecuencias, manteniendo al ser dentro del ciclo de la existencia condicionada. 

Mientras persistan los deseos, los apegos y las tendencias latentes (saṃskāras) que impulsan a la conciencia hacia nuevas experiencias materiales, el jīva continuará transitando entre sucesivas encarnaciones, abandonando un cuerpo físico para asumir otro conforme a las causas kármicas que haya generado. 

Este proceso no implica necesariamente que el ser conserve recuerdos conscientes de sus vidas anteriores, pues las impresiones de esas existencias permanecen inscritas en sus disposiciones profundas y pueden expresarse como inclinaciones, afinidades, temores, deseos y circunstancias particulares de su nueva vida, aunque también, mediante regresiones y trances meditativos, sería posible tener atisbos de aquello.

Cada encarnación ofrece nuevas oportunidades para experimentar las consecuencias de las acciones pasadas, depurar las tendencias que mantienen al ser ligado a la materia y desarrollar el conocimiento espiritual necesario para trascender su condición. 

Para obtener mokṣa se exige superar la avidyā, es decir, la ignorancia que conduce al ser a identificarse exclusivamente con el cuerpo, la mente, el ego y las circunstancias transitorias de la existencia material. Mediante el conocimiento espiritual (jñāna), la disciplina interior (sādhana), la acción desinteresada (karma-yoga) y la devoción a la Deidad (bhakti), el ser puede purificar su conciencia, trascender sus apegos y reconocer su relación fundamental con la Realidad Suprema. 

Cuando esta realización se consuma, el karma deja de determinar nuevas encarnaciones y se extingue la necesidad de retornar al mundo condicionado. 

"Una persona puede morir por suicidio, pero tendrá que regresar para saldar sus deudas y obligaciones. Como ser humano, es inevitable enfrentar dificultades, pero ¿significa eso que uno debe suicidarse? Las consecuencias del suicidio son extremadamente graves. El Señor lo ha prohibido porque sus consecuencias son muy serias. Ni siquiera se debe pensar en suicidarse. Propóngase pagar todas sus deudas pendientes, pero ni siquiera piense en el suicidio. 
Al suicidarse, uno puede convertirse en un preta (espíritu atormentado incesantemente por el hambre y la sed) y tener que vagar como tal. Por lo tanto, al contrario, uno atrae problemas al suicidarse. Un solo acto de suicidio tiene repercusiones en muchas vidas futuras. Y cuando uno se suicida, no es un acto nuevo; lo hace debido a las repercusiones de suicidios cometidos en vidas anteriores. El suicidio de esta vida es el resultado del karma de suicidios cometidos en una vida anterior. Así uno se mata a sí mismo. El suicida ha creado tales repercusiones porque él mismo ha venido haciéndolo en sus vidas pasadas. Y después de suicidarse puede que tenga que vagar sin cuerpo. No es fácil convertirse en un fantasma. Un fantasma es una forma de vida como lo puede ser un ser celestial; no es algo fácil. Y uno se convierte en ese tipo de entidades cuando ha realizado una penitencia intensa en este mundo, mientras que un preta es algo diferente".
[Param Pujya Dadashri]